Poner la olla


Por Edgar Suárez

Poner la olla, en cualquiera de sus formas, implica darle fuego al alimento y hacerlo posible para una, dos o cincuenta personas. Día tras día, en restaurantes, en la casa, en los colegios, en el cuartel, en el cultivo, como una tecnología fundamental de nuestra especie, se pone la olla. Tal vez por ello, por presentarse como algo tan cotidiano pero fundamental, es que los burócratas de diversos pelambres se asombran e incomodan con la idea de que la olla comunitaria sea parte integral de algunas políticas públicas; al punto de caricaturizarlas o ponerlas en la palestra pública, tal como lo hicieron hace algunos meses en los salones lustrosos del legisladero.

Nada hay de extraordinario en la costumbre de cocinar en casa para que la comida y la plata rindan o de llevar la comida al trabajo para alivianar la economía. La historia, a veces tozuda, nos demuestra que aún no hay nada más práctico y eficiente que poner una vasija en el fuego, sobre todo si se trata de dar de comer al hambriento, porque en cuentas claras, es cierto eso de que donde comen dos comen tres.  La olla cocina la solidaridad entre los pocos y las muchas, ya sea en un bazar, un bautizo o un desastre.

Cuando la olla se hace comunitaria, es porque además está alimentando la producción de algo común entre los comensales. En el fondo de la olla hay un sustrato político, una sustancia que se cocina en el calor de los hechos.  Las organizaciones sociales y comunitarias desarrollan sus tejidos, relacionamientos y aprendizajes en la acción, más acá de lineamientos ideológicos y morales, por ello la olla comunitaria es un escenario en el que se calienta lo posible y se comparten los conocimientos, las recetas, el saber hacer en junta; elementos fundamentales para potenciar las acciones y apuestas colectivas.

Si de lo que se trata es de poner la olla comunitaria en el centro del debate no es para marginalizarla ni para colgarla como utilería. La olla es nuestro baluarte; hay que evidenciar su capacidad en tanto elemento articulador que implica un ejercicio de planeación participante y colectiva, el auto reconocimiento de la comunidad, el fortalecimiento de la economía local y la configuración de un ritual en la cultura popular y la vida en sociedad, es por tanto la posibilidad recurrente de hacer comunidad y de dar sentido a la misma.

Es por esto que junto a la olla comunitaria se van nutriendo, no solo los cuerpos y el cuidado, sino todo el ecosistema de gentes que producen el común, quienes hacen y tejen las huertas, quienes materializan su arte, quienes mueven los medios de comunicación popular, quienes educan para mitigar el daño de nuestra forma de vivir, quienes cuidan las semillas, cultivan la palabra o hacen la huelga.

Poner la olla es poner el futuro y la memoria a relucir, es poner el tejido y la acción sobre la mesa. Poner la olla nos permite asistir el hambre, mejorar la alimentación de la población vulnerable, pero a la vez, nos permite trascender la visión asistencialista de la lucha contra el hambre, pues significa ampliar el poder hacer de las personas que se juntan y se encuentran en torno al alimento, ampliar la autonomía de la población en los diversos ejercicios que luchan día a día por el derecho al alimento. Así que a la olla hay que ponerla en su lugar. 



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